Astrolabio

Revista virtual del Centro de Estudios Avanzados de la Universidad Nacional de Córdoba - Número 3 | noviembre de 2006 | ISSN 1668-7515

ISSN 1668-7515

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PLURALISMO SOCIAL Y CULTURAL, CRISOL DE RAZAS Y MULTICULTURALISMO EN EL ESTUDIO DE LAS MIGRACIONES MASIVAS A LA ARGENTINA: UNA MIRADA HISTÓRICA RETROSPECTIVA1

Por: Dedier Norberto Marquiegui
Conicet - Universidad Nacional de Luján

El reconocimiento de la alteridad fue siempre una tarea difícil para los argentinos y más para los historiadores,   dedicados o no al estudio de los movimientos migratorios. A comienzos de los años sesenta tuvieron lugar en el país los primeros esfuerzos sistemáticos realizados para alumbrar la primera interpretación científica que se  elaborara aquí sobre este problema, desligada de aquellas otras versiones autocomplacientes anteriores, surgidas la mayoría de las veces desde las mismas colectividades, pero  también desde el seno de una  sociedad que, si los había recibido con beneplácito durante la etapa de las migraciones masivas, estuvo demasiado empeñada después en exaltar su propio destino de grandeza, por lo que es posible decir que esas primeras incursiones serias que se llevaron  a cabo en la materia estuvieron signadas también por la misma omnipresencia de un cierto concepto de “nacionalidad”2  que pareciera ubicarlas en continuidad más que en  ruptura, respecto a aquellas otras tradiciones intelectuales que las precedieron y de las que en realidad buscaban tomar distancia3
            El pasaje potencial de esa situación a otra, en donde las voces ocultas de “los otros”, en este caso  inmigrantes, comenzaron a salir de su ostracismo, a manifestarse en  abierta rebelión contra esa especie de forzosa sujeción que les venía impuesta  desde afuera, no tardaría demasiado en producirse, aunque lo haría gradualmente dando paso, primero  a una cierta historia de las colectividades  en la década del ochenta, y  luego  a lo que se ha dado a llamar la dimensión regional y aldeana  de los procesos migratorios. Puerta de entrada , ya en los años noventa, para un nuevo tipo de historia social que se pretendía distinta y que, en  parte como respuesta a la crisis de los grandes modelos macrosociales que por entonces se evidenciaba,  reclamó para sí la nada fácil tarea de generar una descripción más realista de los hechos que se propusiera además recuperar la experiencia vivida por los propios sujetos sociales como ineludible vía para una nueva forma de legitimación en que su presencia no podía ser soslayada, en  un terreno probablemente más cercano a la microhistoria, la historia de las representaciones, la historia cultural y  que encontraba en la antropología a uno de sus  interlocutores privilegiados. Aspiramos a realizar  un breve recorrido, que no se pretende de ningún modo  exhaustivo, pero que dé cuenta  aunque más no sea sumariamente de los logros parciales, de los avances y de los retrocesos, así como de las lecciones que se pueden extraer de la experiencia argentina habida en materia de estudios migratorios.  La intención implícita, será que este balance, que se viene a sumar a otros precedentes4,  nos permita de alguna manera establecer los itinerarios colectivos alguna vez recorridos por las distintas corrientes y líneas interpretativas presentes en el tratamiento del problema, reflexionando sobre sus fuentes intelectuales,  sus correlaciones con los cambios  más generales producidos en la situación mundial, así como en las insinuaciones y  modas historiográficas  globales que tuvieron lugar a través de las distintas épocas.  El fin perseguido es el de precisar los probables derroteros que, eventualmente, podrían seguir las investigaciones sobre la materia en los próximos años, así como las perplejidades y  los desafíos actuales a los que se debiera encontrar solución en busca de los nuevos  caminos a través de la cuales diseñar los rasgos generalizables de un proceso que, si presente en todas partes, deberíamos considerar también en toda su centralidad negada en tanto  proyecta sus consecuencias últimas hasta nosotros.

Modernización, nacionalidad e inmigración: el itinerario de los sesenta.

           
            Si la nacionalidad, o mejor aún la omnipresencia de un cierto concepto del “Estado-nación” jamás ausente, había sido uno de los rasgos  característicos de la historiografía argentina de los años sesenta en que tuvieron lugar  las primeras incursiones en sede científica realizadas en torno al problema de las migraciones, esto se debió, en parte, a una serie de factores convergentes y no sólo a esa impronta continuista a la que hemos aludido antes y que, en rigor de verdad, es probable que no estuviera en el ánimo de sus promotores. Antes bien,   genuinos impulsores de una historia económica y social,  hasta entonces  por lo menos  postergada, existe consenso generalizado hoy en considerar a la renovación sesentista como un momento  de inflexión, un verdadero punto de partida para una serie de cambios que  señalan a esa época como el comienzo de una nueva era,  en que la mayoría de los historiadores argentinos actuales gustan filiar sus orígenes, aunque en muchos casos es probable que no pueda ser ya si no es en disidencia. Pero, más interesante aún, y eso con prescindencia de las numerosas innovaciones que  se introducen en las nuevas cuestiones que se abordan, en los enfoques, las referencias teóricas que se invocan, así como también en las técnicas y los métodos utilizados es que muchas de esas novedades, más que una revisión drástica de las interpretaciones y de las categorías manejadas en el pasado vinieron en muchos casos, aun contra la voluntad declarada, a ratificarlas.  
     Tal es el caso de esa persistente idea de «Estado-nación»  que, aunque sea por diferentes razones, igual sobrevuela en esta época, lo cual acarrea profundas implicancias, particularmente en el caso de unos estudios migratorios comparativamente retrasados   respecto a otras tradiciones sociológicas e historiográficas, como la norteamericana5. La casi totalidad de los trabajos producidos en ese momento  se apoyaban en fuentes públicas, sobre todo cuantitativas, y  descansaban en la segura convicción de la utilidad de operar con grandes agregados numéricos y series homogéneas cuantificables. De ahí, por ejemplo, la enorme proliferación de  estudios demográficos o económicos que se efectuaron,  basados en los censos nacionales y estadísticas de inmigración, pero como el recorte que proponían esas fuentes era precisamente el  de los  estados a los que aludían,  tenían la desventaja de que, al usarlos como material de base, a veces exclusivo, virtualmente se estaba reconociendo la  validez universal de ese ámbito como el  marco óptimo, el único o el más apropiado, para el estudio de procesos de estas características. Una constatación que no sólo no sería desmentida sino todo lo contrario,  corroborada por las nuevas orientaciones y  tradiciones intelectuales que se constituyeron en adelante como su fundamento y soporte teórico de fondo. 
   Es que, como es sabido ahora,  los estudios sobre la inmigración en Argentina, lo mismo que la enorme  mayoría de los tra­ba­jos nacidos al calor de la renovación  de los sesenta, estuvieron signados en sus orígenes por la influencia entrecruzada de la escuela de los Anna­les, la teoría del crecimiento  de Rostow, la socio­logía funcionalista y  un difuso marxismo, la mayoría de la veces aprendido a tra­vés de sus inevitables mediaciones francesas,  en  palabras de uno de sus más lúcidos exponentes6. Lo que tienen en común todos esos modelos, tan distintos los unos de los otros , irreconciliables,desde una mirada actual,  puede ser menos evidente hoy de lo que posiblemente resultaría en ese mo­mento. Un momento en donde, al calor de los impulsos de un cier­to refor­mismo desa­rrollista y de una coyun­tu­ra internacional excepcionalmente favorable, que se despliega a partir de los esfuerzos de recons­truc­ción económica de posgue­rra, parecería natural combi­nar todas esas inter­preta­cio­nes que, aunque radicalmente diferentes entre sí, empu­ja­ban  todas hacia un mismo fin, un mismo desenlace, una cierta visión del futu­ro claramente discerni­ble en el auge que en esa época tuvieron ideas como las de moderni­zación y crecimiento7. Claro que ese común denominador, visible en todas las naciones, adquiría aquí además  otras connotaciones pues, si la Argentina del  post-peronismo se había propuesto completar su tránsito hacia la modernidad, y en ello iba buena parte del compromiso y la acción de muchos de los que fueron los principales referentes de la renovación, era porque esa tarea en realidad no se había realizado del todo antes. Es por eso que, mientras que a la influencia de  los Anna­les  se reservaba la función de ofrecer resguardo a muchos de los refle­jos bási­cos del oficio de histo­riador, a la vez que en su vertien­te brau­delia­na se le permitía incorporar otros nue­vos como los de la multidisci­plinariedad, lo mismo que la his­toria serial de Labrousse y el aporte de algunas  no­cio­nes como las de totalidad y estruc­tura que tan bien pare­cían adap­tarse a los nue­vos climas intelectuales y a los intercambios que se habían establecido con otras disciplinas, será  la socio­logía estado­uni­dense la encargada de apor­tar lo prin­cipal de las matrices inspiradoras del nuevo movi­miento8. Por otra parte, en lo que a nosotros compete, si esa influencia es en buena medida perceptible en el conjunto de la producción de la época, se torna todavía más evidente,  en aquella figura que en muchos sentidos marcó el rumbo de los acontecimientos, al brindar la contribución  más decisiva para la formulación de un esquema interpretativo llamado a perdurar en el tiempo y sobre el cual se desplegarán después, a favor o en contra, la inmensa  mayoría de los trabajos que se realizaron sobre inmigración en Argentina. Nos estamos refiriendo a Gino Germani9
     En efecto, fue la poderosa influencia de Germa­ni,  el creador de la carrera y el Instituto de Sociología de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires  y la que en gran medida media­tizó la relación del grupo renovador con la socio­logía del mundo anglosa­jón, llegando incluso a  sobreponerse, en el campo de unos estudios migratorios al que ambos impulsaron juntos, a la no menos trascendente personalidad del historiador José Luis Romero, más vinculada  a ámbitos historio­gráficos euro­peos, pero que no llegó a tener en ese terreno el ascendiente logrado por las ideas del sociólogo italiano, como se puede ver por ejem­plo en la distinta suerte que en ese momento corrieron las nociones por los dos acuñadas de ”fusión” y “sociedad híbri­da"10. Curiosamente, la vigorosa imagen que nos legara  J.L. Romero de una sociedad formada por estratos y grupos sociales diferentes que confusamente coexisten en paralelo sin llegar a tocarse del todo ha sido recientemente revalorizada como probablemente más plausible y cercana a la realidad para el período de las migraciones que analizamos11; pero eso no inhibe el hecho, como tampoco la existencia de otros modelos alternativos como el del “salad bowl” o la “ensaladera” de larga fortuna en Canadá pero que aquí  no encontró casi eco, de que en el clima optimista de los sesenta fue con Gino Germani que  el estudio de las migraciones masivas europeas de fines del siglo XIX   y principios del siglo XX adquirió una entidad, un status científico del que antes carecía.
   Claro que los inmigran­tes para él, más que su objeto específico de análisis, sólo interesaban en tanto necesario correlato de  otros procesos más abar­cati­vos, que eran los que verdaderamente le preocupaban, como  por ejemplo el problema de la transición de la sociedad tra­dicional a la so­ciedad moder­na tan arquetípico de la sociología de su época, pero que gustaba leer en una vieja y no desconocida clave, es decir retomando en un nuevo contexto algunos conocidos argumentos de Juan Bautista Alberdi, para quien si los  emigrantes  importaban lo era sólo en virtud de su papel como agen­tes promotores para el arraigo pleno de la modernidad en estas tierras, necesarios para la transformación económica, social y hasta polí­tica del país. Claro que si esa era su función para G. Germani, -y aquí podemos hallar una sensible diferencia donde el sociólogo italiano parece  apartarse del credo alberdiano en el que la cuestión de la procedencia de los emigrantes era cualquier cosa menos desdeñable12,  resultaban irrelevantes las diferencias que los separaban entre ellos, como lo viene a demostrar  la comparación que ensaya entre unos demasiado genéricamente  definidos nativos, tomados aquí como sinónimo de tradicional,  y esos inmigrantes, no importa de donde provinieran,   asumidos como la encarnación misma de la modernidad deseada. Por lo tanto, el verdadero protagonista de su historia no eran las migraciones, ni los inmigrantes, si no  el proceso de gestación de la nación  argentina y las rémoras que había hallado en su camino y que impidieron su constitución como estado democrático moderno, promoviendo la emergencia de patologías políticas, como el entendía era el caso de ese peronismo, pero al que ahora aspiraba a  superar  a tono con las ilusiones y  el espíritu refundacional de su tiempo.13.
            El marco ge­ne­ral de su inter­preta­ción era, por ende, el de la emergen­cia de los Estados-na­cionales en particular y del capi­ta­lismo en general, de la que ni siquie­ra la in­fluen­cia de algunos autores marxistas como Vilar y Kula, o de teorías de la dependencia des­pués pudieron corregir si no que muy por el contrario lo reforzaron en tanto parte constitutiva y esencial de su propio discurso, como se puede observar en algunos de sus continuadores que discurrieron siempre dentro de ese marco en donde, como se comprenderá, el desa­rrollo económico ar­gentino era entendido como parte de un proceso de avance inde­fini­do que todos pare­cían percibir claramente14. Un proceso, por otra parte, cuyos orígenes se podían localizar muy fácilmente en la integración argentina a un mercado mun­dial que a fines del siglo XIX recién se estaba en sus rasgos centrales configurando, y en el que se pudo  exitosamente insertar gracias a la  disponi­bili­dad de tie­rras que poseía y a la posterior afluencia de inmigrantes y capi­tales ex­tran­jeros, que la constituyeron en uno de los principales  produc­tores de materia prima. Poco importaba el hecho de que ese crecimiento se hu­biera visto interrumpido después, porque ese argumento era funcional al tipo de argumentación que se  propiciaba, razón por la que las dificultades tenidas en el camino se dejaban de lado como irrelevantes o eran estudiadas dentro de los códigos y convenciones aceptados por los estudiosos de esa época. De modo que no podemos seriamente  afirmar que los inconvenientes producidos en la asimilación  de los extranjeros a la sociedad local pudieran pasar desa­per­cibidos a Germani, quien muy por el contrario hizo un puntilloso inventario de una nada escasa cantidad de ellos; en cambio se puede señalar que, una vez detectados, esos defectos  eran rápidamente relativi­zados en función de aquellas variables que le interesaban,  observándose que si la inte­gración del país al con­cierto de las na­ciones in­dus­triali­zadas se había visto pospues­to hacia adelante seguramente se debió a una serie de des­víos que era menes­ter descubrir. Es en ese marco en el que la cuestión migratoria deviene en clave esencial para deco­dificar las raíces pasa­das de los males presen­tes argen­tinos.
            Es que si para Germani ,- en una suerte de curiosa analogía aunque desde luego se descuenta en su enunciación para nada reaccionaria como la idea o noción del “buen inmigrante” ahora manejada por el  politólogo italiano Giovanni Sartori15-,  resultaba demasiado evidente que los emigrantes europeos habían llenado satisfactoriamente su  papel como  agentes imprescindibles para la implantación de la modernidad buscada, al  transformar la estructura económica y social del  país  ,no sólo desde la previsible función de convertirse en la  mano de obra necesaria  para el despegue de la agricultura,  a la vez que daban un decisivo impulso  al crecimiento demográfico y urbano, sino contribuyendo además a modificar la composición y el carácter de la sociedad argentina, le parecía no menos tangible que eso no había sucedido en  el funcionamiento de la política. Pero volvamos un paso atrás antes de avanzar demasiado. La alta tasa de mascu­lini­dad de la po­bla­ción mi­gran­te había ayudado a su inserción social, al representar un freno  a la posibilidad misma de enta­blar matrimonios in­traét­nicos convirtiéndose,  al mismo tiempo, en un poderoso fac­tor de integra­ción, origen de una sociedad renovada. Aspecto que se com­pletaba con la  constatación de  la ende­blez de la base demográfica receptora, lo que inhibía ,a dife­rencia de  Estados Uni­dos,  toda probabilidad  de poder  hablar aquí de una asimilación que no hubiera podido concretarse, encontrando en esa debilidad cualquier intento de absorber su límite. Para  describir y explicar lo que había sucedido en Argentina, esa sincre­sis­ que él parecía percibir se dio cuando todos los grupos se cruzaron, habría que apelar al concepto de “fusión” que aparece en Polí­tica y socie­dad en una época de tran­si­ción.
            La teoría del “cri­sol de ra­zas" así esbozada ,distaba de ser  original pues durante su mismo período de formulación podía ser correlacionada con modelos que circulaban en otras partes del mundo como el melting pot norteamericano o el creuset francés e incluso con la metáfora que la precedió en el país proponiendo una no muy diferente lectura16; aquélla  nos devuelve en realidad  una imagen de los flujos fuerte­mente condi­cionada por los de­termi­nan­tes eco­nómi­co y sociales en los que se quieren ver la razón de su existencia. En ese marco,  las migra­ciones eran en­tre­vistas como proce­sos de transferencia, unilaterales y definitivos, de país a país, que responden a si­tua­cio­nes de crisis estructural desa­ta­das en el origen y a de­mandas extra­ordinarias de trabajo genera­das en el medio recep­tor. Una perspectiva, por lo de­más, congruente con las propues­tas que por entonces se originaban desde la ópti­ca de una historia económica empe­ñada en develar con entera certeza las etapas y  secuencia de un modelo de desa­rro­llo argentino en que resaltaba el perfecto equilibrio y  com­plemen­tariedad  observado  en­tre sus componen­tes internos y ex­ternos17. Los in­mi­grantes, en otras palabras, habían venido a lle­nar el vacío generado por el pro­blema ya tradicional de la escasez de la mano de obra, que se producía  en un país carente de población y que había sido diezmada además por las guerras civiles y de la independencia,  o más seguro quizás a reproducir su condición originaria de campesinos, aunque la rigidez derivada de una estruc­tura de pro­piedad con­solidada los había obligado a emigrar del campo a la ciudad, acelerando el proceso de urbani­za­ción y propiciando el surgi­miento de una serie de activi­da­des dinámi­cas, como la moderna in­dus­tria y el comer­cio, donde desempeña­ron un desta­cado papel­, erigiéndose así en el fundamento de las emer­gentes  clases medias. Es decir, habían  com­pletado exitosa­mente su in­serción en la estruc­tura eco­nómi­ca y social del país pero no su inte­gración política. Porque los extranjeros, al no nacionalizarse en rigor,  ha­bían dejado sin representación a sectores ente­ros de la socie­dad, en particular los más dinámicos, ligados a las acti­vidades modernas, erosionando de ese modo las bases  de un sistema parti­dista en cuya anemia Germani quiere ver la causa de la aparición de figuras como las de Juan Domingo Perón que revelaban así,  dentro de su interpretación, su verdadera condición latente18.  Hecha la salvedad de esa fallida integración en el campo político, eso no alcanzaba para posponer esa visión triunfalista que  parecía muy bien sostenerse en otros terrenos, como lo demuestra el propio Ger­mani,  quien, dicho sea de paso,  fue el primero en medir los niveles de movi­li­dad intra e in­ter­gene­ra­cional existen­tes en la sociedad argentina, basando sus infe­ren­cias en la com­para­ción de las posi­cio­nes relativas de los dife­ren­tes es­tra­tos en el tiempo graduados por medio de grandes agrega­dos cen­sales,  lo que lo llevó a subrayar la expansión de las capas medias gracias a la incor­po­ración masi­va de inmi­gran­tes y a hacer de ella, junto al índice de masculinidad, excedente, los verdaderos soportes sobre los que se afirmaba la visión de una sociedad homogénea y acrisolada19
            En ese sólido optimismo  en el que podían, sin demasiada dificultad, reconocerse las huellas del evolucionismo decimonónico,  habría  de prolongarse en el tiempo en la obra de muchos de sus continuadores y aun de los que no lo son, al menos explícitamente,  pero para quienes igual   el “crisol de razas” se ha­bía conver­tido en un dato ilevantable de la reali­dad20, en  una especie de consenso tácito existente y que aún goza de una amplia aceptación, aunque eso no lo exime, en una acepción no ingenua,  de presentar toda una serie de problemas. Esto de ninguna manera significa que olvidemos que los conceptos normativos pueden llegar a convertirse en factores operantes en la realidad, como habitualmente sucede , por efecto de esa incesante prédica que los termina por convertir en criterios aceptables y hace de ellos un patrón a partir del cual las personas gradúan su existencia, aunque no son precisamente esas “certezas”, constituyentes de una clase de “sentido común” -que de ninguna manera debiera ser usado como lo es,  por autores de diversas disciplinas, como una forma de legitimación científica de sus posiciones 21 , pero que, para poder ser consideradas en su dimensión histórica, deberían ser pensadas en el contexto específico en que han sido producidas, despojadas del automatismo y del mecanicismo que su aura de inconmovible unidad conceptual les confiere, evitándonos caer en anacronismos, como a no pocos historiadores demasiado a menudo les ocurre. Después de todo, la lógica interna de un sistema no  puede ser  su nivel de “coherencia”, por más plausible que parezca, el mejor   garante de su confiabilidad, del  grado de “verdad” que ellos contengan, porque lo que estamos haciendo en rigor, es privilegiar los códigos de lectura, el lenguaje, a través del cual buscamos entender  la realidad, de paso eludiendo el paralelismo de tratar de “leer”  metafóricamente sus significados del entorno inmediato en que se nos manifiestan22. Es decir, de hecho discurrimos hacia el interior de una  relación cerrada, de reconocibles círculos hermenéuticos,  que se definen por  ser poseedores de una cierta expectativa de sentido que nos predispone a encontrar en ellos sólo aquello que buscamos y a  comprender confirmando únicamente aquello que  sabemos,  remitiéndonos una y otra vez a ese cierta estructura lógica que  se deriva de nuestro juicio previo de cómo pensamos que operan en el mundo los hombres y las cosas.

            Por eso mismo, es que las distintas corrientes migratorias pensadas de esta manera, tendían a ser comprendidas en tér­mi­nos de des­plazamientos definitivos opera­dos entre ámbitos nacio­nales de cuya pertinente utilización como catego­ría de análi­sis y preexis­ten­cia nadie osaba dudar. Claro que al partir de una definición, si se quiere tan fundacional como esa, -manifestación genuina de un cierto “esencialismo político” que no podía ser revalidado en los hechos, en que las naciones eran presentadas como una “totali­dad conte­nida", un “mundo” en sí, producto la mayoría de las veces de las revo­lu­ciones burgue­sas, que en América además adquie­ren el carácter de revolu­cio­nes de la inde­pen­dencia-,  quedaba vedada la posibilidad de acceder, a partir de una discriminación tan tajante del “nosotros”, al punto de vista de los “otros” el cual, por lo demás, no era constitutivo ni esencial a los fines concretos que se perseguían. La diversidad, en consecuencia, quedaba reducida al papel de un conjunto de expresiones particulares de una misma realidad  subyacente o de una naturaleza común por todos compartida. Bien pensado, sin embargo, en su momento quizá, las cosas podían haber sido planteadas de otra forma. Sociedades multiculturales y multilingües a fines del siglo XIX e inicios del siglo XX,  el hecho de que grandes masas de población, de muy diversa estirpe y cultura, estuvieran  aún conviviendo  hacia el interior de un país que siempre gustó de presentarse como de fronteras abiertas  y en donde todavía se hacían sentir los últimos ramalazos de lo que en otro tiempo habían sido las grandes migraciones europeas, mientras los “nuevos” emigrantes de los países vecinos no cesaban de llegar anticipando un fenómeno que hoy adquiere connotaciones que no debieran ignorarse, el hecho mismo de esa diversidad no podía seguramente sorprender a nadie y debió haber sido incorporado al análisis a no ser, claro está,  por ese ferviente deseo de pertenencia a una  esfera de modernidad, que sin embargo a muchos aún hoy les es esquiva, y que sobrevivió incluso en medio de la decepción nacional a inicios del nuevo milenio; lo que no quita que, si no es a los fines de verificar teorías macrosociales diseñadas a priori, por lo general son aprehensiones de la realidad psicológica y empíricamente forzadas.
Por si fuera poco, ese tipo de aproximaciones   pre­supo­nen como real la existencia de un mundo re­gi­do por los prin­cipa­les postulados de la teo­ría eco­nómi­ca neo­clá­sica, o ahora los de  su versión neoliberal más extrema, de los que como es lógico surge una especie de con­cep­ción ato­mizada del actor, que obra y deci­de en una suerte de vacío social,  operando con prescinden­cia del contexto social o del conjunto de rela­ciones en que se encuen­tra in­serto y  en busca siempre de la maximi­zar sus ganancias, lo que ofrece una mirada muy pobre, creemos, sobre los móviles de la acción humana, al mismo tiempo que la sociología fun­cio­nalis­ta producía, por opo­sición,  un indi­viduo hiper-so­ciali­zado, que nada decide al margen de las incli­naciones de su  clase de modo que, una vez que co­nocemos su posición ocupa­cional o socio-económica dentro de un deter­mina­do segmen­to  podemos deducir, casi con absoluta certeza, su com­porta­miento, ya que éste deriva del modo como ha sido socia­liza­do23.  La resul­tante es una suer­te de interpre­tación mecánica en donde las accio­nes de los hom­bres no dependen de su propia voluntad y las migracio­nes pasan a ser entendidas como la acción de masas de­sesperadas, afectadas por si­tuaciones de crisis estructural que tienen por escenario a los países. Las migraciones quedaban escindidas entonces en un «antes» y un «des­pués» del viaje, ca­si sin puntos de con­tacto, en donde lo que importaba en el punto de partida eran las “causas” de emigración y en los de destino las “consecuencias” que había desencadenado su llegada24,  mientras que  las naciones, despojadas de su historici­dad y transformadas en las identidades pri­ma­rias que no eran, se conver­tían en las  intérpretes esenciales de este tipo de construcciones, excluyendo directamente a las migraciones, y lo que es peor a los propios inmigrantes, de la   historia.  Una historia de la que, y de eso no debería haber a esta altura ninguna duda, ellos habían sido los únicos y excluyentes­ pro­tagonis­tas y que por lo tanto no debiera ser explicada sin su comparencia.

El largo camino a casa o el retorno de los inmigrantes en la historiografía argentina de las migraciones en  los años ochenta y  noventa.

Comprender los criterios de inteligibilidad o de racionalidad de “los otros” exige por lo menos tener en cuenta el particular conjunto de reglas por el que rigen sus vidas, sus sistemas de representaciones y el sentido mismo que ellos atribuyen a su existencia.  Menos evidente, en cambio, es cuándo puede decirse habría empezado a  advertirse la necesidad de incorporar esa dimensión hasta entonces olvidada en el estudio de los movimientos migratorios, cuando era ya un componente esencial e inherentemente constitutivo que definía el horizonte de otras disciplinas como la antropología25. Igual, algunas pistas pueden rastrearse en la forzosa interdisciplinariedad de un tema que por, sus implicancias,  tendía  inevitablemente a romper esa imagen hacedora y a la vez custodia de la propia identidad de una profesión con la que quizás las nuevas generaciones de historiadores se sintieran menos comprometidos.  Otra potencial fuente de insinuaciones la podían representar  las variaciones registradas en los marcos de referencia provistos por  la historiografía internacional, la evolución de los estudios migratorios en el exterior y  los cambios operados en los desarrollos de la historiografía nacional desde el retorno de la democracia. Aunque puede  que la principal incitación al cambio, por lo menos desde nuestro punto de vista y dentro de esta última dimensión, haya sido precisamente la más pedestre de todas, por lo general relacionada con las fuertes disonancias que parecían con toda claridad advertirse entre el material empírico que se estaba recogiendo y las tradiciones heredadas que configuraban el marco de referencias previas en donde debían encuadrarse estos desplazamientos . Ciertamente, y como se puede  llegar a colegir de lo dicho, por lo menos en principio, esa nueva etapa no contiene unos rasgos homogéneos capaces de comprender al conjunto de los historiadores  que presuntamente formaban parte de ella, aportando novedades, incluso algunos trabajos que, sin abandonar del todo el modelo precedente, realizaban estudios generales que  incluían  las migraciones como una parte significativa de ellos26, o lo hacían también por intermedio de las primeras historias de las colectividades sistemáticamente desarrolladas en el país27,  ofreciendo ambos un  conjunto de miradores potenciales desde los cuales empezar  a cuestionar aspectos centrales del anterior paradigma.
            Una constatación interesante por ejemplo, aunque siempre incursa  dentro del esquema interpretativo supuesto por las migraciones de país a país, basadas en mecanismos de atracción- repulsión o “pull/push” como se prefiera, fue que los emigrantes, antes que partir de ciertos y determinados Estados nacionales lo hacían, más bien, desde un número limitado y controlable de regiones e  incluso llevando al extremo ese razonamiento de aldeas. La recuperación de esa cierta dimensión regional y aldeana de los procesos migratorios, para nada novedosa en Europa, donde tenía variados puntos de partida, como el de una  historia económica renovada que venía a demostrar cómo la modernización encarnada paradigmáticamente en la Revolución Industrial se localizaba en áreas precisas, hasta en Gran Bretaña, dejando a su paso amplias zonas marginales, que fueron las que nutrieron los numerosos contingentes originados allí, los más numerosos de todos durante el siglo XIX y hasta inicios del XX, contradiciendo las suposiciones de la teoría28, pero se nutría también del indudable peso que el regionalismo tenía y tiene en varios de los principales países de Europa, por lo que parecía evidente que había que cambiar la óptica pasando de esos Estados,  que si  se redefinieron históricamente habían sido presentados siempre como  estáticos e inmutables desde siempre,  para avizorar ahora  otra dimensión que, al revés,  se propusiera ver las cosas desde el otro extremo de la escala, no “desde arriba” sino “desde abajo”, como posible eje para la  reconstrucción de una historia comunitaria que se propusiera acercarse al problema de la migraciones desde el estudio de los comportamientos de las personas, de las familias  o de grupos  específicos, que diseñaban consensuando las estrategias que articulaban como respuesta a las crisis y cuyas conductas, por lo tanto, no se podían dar ya por descontadas29. Por otra parte, también, y aunque esa no fue exactamente la secuencia como se fueron dando los acontecimientos, el análisis comparado de los distintos flujos nacionales  permitiría después corroborar el impacto diferencial que  las crisis internacionales habían tenido en cada una de ellas, de lo que se deducía que no había soluciones únicas ni que la gente reaccionaba mecánicamente, a imagen del “perro de Pavlov” y que las otrora forzosas “determinaciones” debían ser entendidas ahora como condición necesaria pero no suficiente de emigración30,          
            Ese reacomodamiento de piezas se vio favorecido también por las transformaciones producidas en los climas intelectuales y  por los nuevos aires vigentes a nivel de un contexto   internacional en donde,  desde la caída del muro de Berlín al Fin de la Historia de Fukuyama, el derrumbe de los grandes paradigmas, socavada la idea del automatismo del cambio por el ostensible fracaso de las predicciones realizadas, debía necesariamente conducir no tanto, en principio, a la construcción de una nueva teoría social alternativa,  como a la revisión de los instrumentos de investigación y de las interpretaciones que los historiadores estaban utilizando31. En esa misma dirección, la paulatina pérdida de centralidad de la historia económica   y de las explicaciones exclusivamente económicas de los conductas sociales en los estudios migratorios trajo consigo, entre otras cosas,  el advenimiento de una nueva historia social  si se quiere más cercana a una microhistoria, cuya labor consistía  en la búsqueda de una descripción más realista del comportamiento humano, y probablemente por eso mismo más próxima también a la antropología,  pero que a la vez que ponía de manifiesto las limitaciones de los grandes esquemas que simplemente habían dejado de funcionar en muchos aspectos, nos hicieran viable percibir los fundamentos desde donde discernir una muy distinta  mirada pues, si como es sabido el principio unificador de toda investigación microhistórica precisamente reside en la creencia de  que toda observación microscópica revelará factores antes no observados es, a partir de ellas, que se podría llegar a establecer un nuevo diseño en  el que todas las acciones de los individuos se consideraran como el resultado de un proceso constante de negociación en que se reconocía su libertad relativa para decidir más allá, aunque no al margen, de los sistemas prescriptivos y normativos bajo los que vivían32.
            Si eso sucedía en el mundo, deberemos convenir, las manifestaciones primeras de esa crisis hasta un cierto punto pasaron desapercibidas en la Argentina, y en el campo de unos estudios migratorios en donde esa constatación final fue inicialmente sobre todo empírica y exenta de las influencias que, luego sí,  se harían inevitablemente presentes en el desarrollo de los trabajos posteriores. Métodos indiciales, antropología histórica, historia de las representaciones, de las lecturas y de las prácticas cotidianas, incluso microhistoria social a la italiana,  fueron todas opciones que se comenzaron a introducir tardíamente, pero que no tuvieron peso decisivo en esos esbozos iniciales que se comenzaban a prefigurar a inicios de los ochenta. Es por eso que, a muchos de los primeros representantes de la renovación, les resultaría  sorprendente su inclusión militante en escuelas   que no  ignoraban por completo,   pero que carecían de entidad  aquí, de modo que fueron  probablemente marginales para la obtención de unos resultados a los que se estaba llegando de una forma bastante más tradicional de lo que  habitualmente se plantea.  Porque si fue importante, a veces decisivo,  el papel  que algunos autores  extranjeros tuvieron en la rediscusión de las ideas germanianas, particularmente Mark Szuchman y Samuel L. Bailypor, representantes por lo demás de distintas vertientes académicas norteamericanas como de aquéllas provenientes de una historia social urbana a la Thernstrom y un enfoque multidisciplinar bastante más directamente relacionado con muchos de los motivos presentes en los nuevos estudios sobre migraciones y comunidades étnicas desarrollados en el país del norte, también habría que decir que ese impacto sobre todo se procesó  en la provisión de una muy precisa y sistemática metodología y de un repertorio de fuentes que luego utilizarían también los autores argentinos. Lo que a menudo puso en dificultades a muchas de las categorías y líneas de análisis previamente utilizadas,  fueron  cuestiones tan  sencillas  como demostrar  los elevados índices de retorno de los inmigrantes33, pero que en este marco no debían necesariamente traducirse como frustración o fracaso. Ese retornar al lugar en donde vivían con sus familias para luego volver a emigrar a otros lugares hacía difícil  entender  como definitiva a una  experiencia basada en decisiones a las que llegaban  en el mejor de los casos para mejorar su condición social originaria. En ese marco, por lo demás,  los futuros emigrantes  se movían en un contexto cambiante, plagado de incertidumbres, de desafíos que exigían, lejos de la pasividad de las víctimas con la que habitualmente se los caracteriza, de la constante elaboración de respuestas conscientes, de proyectos que buscaban al menos  garantizar su subsistencia, un cierto grado de previsibilidad entre la enorme inseguridad reinante. Mas no sólo para ellos, individuos, sino para y en estrecha dependencia de un entorno familiar y comunitario que los condiciona, proveyéndolos de las escasas noticias de las que disponen para poder ir resolviendo los problemas, además de proveerlos de los recursos que harán posible llevar adelante sus estrategias, siempre sobre la base de una información, de condiciones de racionalidad y de unos márgenes de libertad limitados34, pero que los ubican igual en las antípodas de los arquetipos ideales en los que se basaron los estudios precedentes35 Todo lo cual, entiéndase bien, no significa que neguemos la posibilidad de que hayan existido  planes de emigración definitivos sólo que, más que la resultante de un voluntario y anticipado autoconfinamiento,  el cual significaba nada menos que una improbable renuncia a los lazos y al bagaje cultural que los unían a su pasado dando sentido a su existencia, ese desenlace debía ser el fruto  de un progresivo proceso de decantación que los iba imperceptiblemente atando a su nueva residencia, aunque sin por ello tener que abdicar de su identidad , vaciando de significado  una noción de la nacionalidad que se deri­va de  proyectar anacrónicamente hacia atrás el concepto de una esta­talidad que se per­cibe más no como cons­trucción dinámica que se re­crea histórica­mente sino como dimensión modéli­ca que se gesta de una vez y para siempre,  permitiéndonos recu­pe­rar para los inmigran­tes su condición de sujetos pensantes con capaci­dad de elegir entre un abanico de opciones que los devuelven al centro de la escena36.
            Es evidente que ese cambio en el centro de gravedad debía tener su costo  en términos actitudinales y cognoscitivos. Asumirlo implicaba  renunciar a las antiguas certezas, a los automatismos heredados y  ceder a la necesidad  de no aferrarse a aquello que si algún día funcionó  hoy ya no lo hace;  aunque igualmente tenía el enorme mérito de habernos traído hasta el  lugar en donde ahora estábamos. Aceptar la diversidad podía llegar a ser un  trago amargo, pero mucho más cuando no se manifestaba en la  lejanía donde solían retratarla  los etnógrafos, si no en el seno de nuestras mismas sociedades, atentando contra el espíritu absolutista de nuestras propias definiciones37. Pero esto, quiérase o no, ya no era una opción: el problema, una vez descubierto,  difícil o ingrato , que se manifestaba ante los autores, no tenía vuelta atrás y debía ser encarado por lo que, una vez planteado el desafío, las cuestiones puestas sobre el tapete por los primeros trabajos de la renovación se abrieron paso en  un amplio abanico de temas, retroalimentados además por el establecimiento de una densa red internacional de intercambios, que derivaría en la construcción de un  espacio historiográfico. Este espacio,  basado en  un cierto consenso o en standards transnacionales acerca de cuáles debían ser las formas posiblemente más adecuadas para tratar  el problema,  hicieron posible la extraordinaria multiplicación de las investigaciones que se dio en la Argentina de los últimos treinta años. 
            La dilatación del campo temático, en realidad, tocó a gran variedad de aspectos, como lo vienen a demostrar por ejemplo, los desarrollos habidos en el estudio de los matrimonios, una cuestión sin duda medular en el discurso del “crisol de razas” pero que, a partir de la utilización de indicadores más sofisticados permitió comprobar por oposición a él  la existencia de elevados niveles de endogamia  en la mayoría de los grupos migrantes europeos con el objeto de preservar su identidad, aunque últimamente las investigaciones han estado avanzando desde la demasiado simple contraposición de algunos excesivamente rígidos esquemas y dualidades, como aquéllas que gustaba enfrentar como  antagónicos al par exogamia=crisol entendidos como contrarios a endogamia=pluralismo, evolucionando hacia algunas otras  lecturas más complejas, que afirman  la condición polisémica de las uniones conyugales, en función de otras variables antes no contempladas, como el papel de las redes sociales, la comunidad de pertenencia y el control familiar sobre los matrimonios38; o aquellos otros trabajos que, de la misma manera,  han   procurado  rehacer el modo como esos mismos inmigrantes, a veces con mayor felicidad que en  otros casos,  han tratado casi siempre de reconstruir un espacio de sociabilidad, traducible en manifestaciones físicas y simbólicas concretas, pero que en buena medida busca remedar  la situación de origen39. Aunque, desde luego, no pueden evitar  el hecho que, lo quieran o no, estaban viviendo en otra parte y se estaban relacionando con otras gentes, por lo que su intento no podía ser otra cosa que una «invención», una recreación mítica que, si bien se basada en la mayoría de los casos en  lazos  muy sólidos, los obligaba igualmente a redefinir su espacio social de pertenencia; sin embargo no se ve porqué  tenían  que hacerlo necesariamente  como  “asimilación”, en el sentido de pérdida de su identidad, en el seno de la sociedad receptora. Todo lo cual nos lleva al problema de la reconstrucción de un universo simbólico que redefine el modo como los emigrados  se relacionan con los demás, propios y ajenos, a través de la fijación de una serie de imágenes estereotipadas, que se reproducen en celebraciones rituales, fiestas, actos, campañas de solidaridad y otras manifestaciones, pero que se vuelven socialmente operativas en la medida  en que se tornan reconocibles para todos, para “nosotros” y para los “otros”, estableciendo nuevas pautas de identificación y reconocimiento40. Es en esa dirección, precisamente,  que ahora pareciera posible recuperar una cierta dimensión “nacional”  para los procesos migratorios,  pero no como una noción a priori,  que está dada en la naturaleza misma de las cosas, sino como una construcción simbólica, una «invención»41 en el sentido estricto del término, cuyos alcances se renegocian cotidianamente, en cada grupo en particular, de acuerdo a su trayectoria y a su historia previa  pudiendo, en última instancia, los sistemas de referencia identidarios  alcanzar confines que incluso excedan el estrecho límite de los «Estados-naciones»42.
            Un somero repaso, asimismo, de algunos de los problemas que han concitado la atención de los historiadores argentinos en los últimos años debiera incluir también los avances registrados en el campo de los exámenes sobre el mutualismo y los movimientos asociativos de los extranjeros43,  íntimamente relacionados con algunas  necesarias derivaciones como los análisis sobre  liderazgo que de ellos surgen y su papel en la construcción de nuevas formas de identidad  y de conciencia social frente a los otros44,  los progresos habidos en materia de reconstrucción de  los proyectos, la legislación y la efectividad de las políticas migratorias45,  o el estudio de las estructuras  familiares de origen y recepción y  su influencia en las decisiones de las personas46. También, desde luego, un importante lugar estuvo reservado para un tema tan germaniano como el análisis los niveles de movilidad ínter e intrageneracionales observados entre los inmigrantes los que, si en general arrojan resultados menos desfavorables o concluyentes para la hipótesis centrales de su teoría de  “fusión” que los matrimonios47, reintroducen en cambio algunas cuestiones antes prácticamente pasadas por alto, como los de la marginalidad observada entre los inmigrantes,  y que muchas veces conduce a la locura o hasta la muerte, pero no entre los que volvieron al origen sino  por el contrario entre los que permanecieron aquí, o están avanzando en nuevos y originales sentidos bajo la orientación de nociones como las de grupo de referencia de Robert Merton48 que replanteaban este dilema mas no sólo en los términos de las oscilaciones en la escala ocupacional como había sido habitualmente observado  sino en estricta relación con las expectativas de los sujetos y de los grupos sociales desde el principio y desde adentro involucrados y que, por lo que se ha podido percibir hasta ahora, tenderían por eso mismo a relativizar las conclusiones de las aproximaciones clásicas, poniendo en discusión incluso los alcances de muchos de los esbozos de la renovación misma
             La lista  podría ser aún  mucho  más larga, incluyendo además a aquellos trabajos que pusieron el acento  en el problema de la participación política de los extranjeros49,  en el papel de la inmigración en los orígenes de las empresas argentinas50, o el de las redes sociales que los comprenden en la formación del mercado de trabajo y en los niveles de conflictividad observados51, incursionando  en la hasta hace  poco explorada dimensión de la creación y posterior  coopta­ción de verdaderos nichos económicos, la mayoría de las veces relaciona­dos con la masiva presencia  de las colectividades de extranjeros y la incorporación por ellas de nuevos hábitos de consumo52. En fin, somos conscientes de las limitaciones habidas en cualquier balance, siempre parcial y esquemático, que se trace sobre una cuestión tan compleja, como para poder  justipreciar toda la profundidad y potencia de los avances registrados, sus progresos y limitaciones y hasta su eventual estancamiento, por lo que  nos estamos refiriendo a una enumeración siempre provisoria e incompleta.  Más interesante en cambio, nos pareció tratar de detectar algunos elementos comunes presentes en esas innovaciones, aunque no taxativamente en todas ,  y entre los que para nosotros se destaca el hecho de que casi siempre en las últimas décadas el debate se recondujo por  la ruta de los antropólogos de Manchester, esta­ble­ciendo un nuevo centro de gravedad que se estructuró alre­dedor del concepto y metáfora de las redes sociales53,  aunque el acceso a ese concepto se dio mediado primero por la más conocida noción de cadenas migratorias. Ambas igual, se las llame como se las llame, aunque se trate de una cuestión no sólo semántica y para nada secundaria que no podía dejar de tener secuelas54 , tuvieron la enorme virtud de permitir más claramente en­tre­ver la cen­tralidad del bagaje relacio­nal previo de los inmi­grantes en sus posibilidades de acceso a la in­formación, al empleo y a la vivienda en el destino, o influyendo en el retorno incluso,  sólo por mencionar algunos de los problemas a los que afecta, devolviendo contenidos concretos  a una descripción que en su formato más clásico  estaba fuertemente necesitada de ellos. Pero más que eso,  lo que nos interesa seña­lar es el impacto que, sobre las formas tradiciona­les de hacer histo­ria, pudo haber tenido la adopción de una pers­pecti­va como ésta.
            Desde luego, el nuevo énfa­sis puesto en la acción de las redes, antes que en impersonales entes como el merca­do o el estado, supuso des­pren­derse de algunas de nuestras proverbiales razones y viejas seguridades. Admi­tirlo supuso también, en el plano metodológico,  una suer­te de des­pla­za­miento de las fuen­tes públi­cas a las priva­das, de las apro­xi­maciones macro a las mi­crohis­tóri­cas y de una histo­ria fuertemente institucionalizada a otra, verda­dera­mente social y cultural, en la que los enfoques y aproximaciones antropoló­gicas devienen en interlocutores privi­legia­dos de la historia55Dentro de ese marco, tam­bién cobra­ron cre­cien­te cen­trali­dad los análi­sis que, tomando como punto de partida a la aldea de origen, enfati­zaron el papel de los movi­mientos basa­dos en mecanismos de cade­na56 o, con más preci­sión, el rol de las redes socia­les en pro­ble­mas tales como el de la organiza­ción del mercado de traba­jo, las políti­cas matrimoniales, la movilidad y la inte­gración social57,  independientemente de las discusiones entabladas sobre la necesidad de una utilización más fuerte o débil de ese concepto58 pero que contribuyó también, acorde a las necesidades de la época,  a recupe­rar el tono narrativo de la historia, o mediante aproxi­maciones de  corte interpretativo,  tratando de  incursionar en el terreno de la cul­tu­ra, las prácticas socia­les y los sistemas de representación a un nivel en que, como sostiene R. Char­tier, es posible compren­der única­mente a escala reducida, sin determinismos extremos, las relaciones existentes entre sistemas de creen­cias, valores y representa­ciones, por un lado, y las pertenen­cias sociales por el otro.
             En definitiva,   con lo dicho hasta ahora, nos resulta más que suficiente para enfatizar  un aspecto que, a nuestro juicio, constituye el verdadero meollo de todo ese esfuerzo realizado y que, a falta de mejores palabras para precisarlo, preferiremos llamar  el retorno de los inmigrantes. Es que, consecuencia última de todos esos desarrollos a los que pasamos revista, los estudios sobre movimientos migratorios han tratado desde nuestra perspetiva  de propiciar un nuevo tipo de acercamiento, probablemente más cercano al punto de vista de quienes en su momento fueron sus  protagonistas  y en el que, de lo que se trataba,  era de recuperar la ra­cio­nalidad de sus actos, sus objetivos y las estrategias familiares que los habían guiado, para finalmente llegar al nuevo mundo, dando vida a una sociedad que no debieran quedar dudas, se definió por su esencia plural o multicultural, aunque esto no haya muchos que  estuvieran dispuestos a reconocerlo. Es que, y si bien es una verdad de Perogrullo, como sostienen F. Devoto y H. Otero, que no existe ninguna sociedad que se pueda por completo considerar un crisol o una babel resucitada59, es también cierto  que, y eso al margen de la constante prédica nacional esencialista de las escuelas, visto desde la perspectiva de los años sesenta, una cierta sociedad acrisolada emerge entonces, sino en la siempre renuente figura de los inmigrantes por lo menos en la de sus hijos. Pero eso de ninguna manera autoriza a proyectar anacrónicamente esa representación parcialmente cierta hacia atrás, en la etapa de largo reinado de las migraciones masivas, donde las insuficiencias de esa noción son demasiado evidentes cuando se la compara con la evidencia disponible como para, dejando de lado a la historia, poder sostenerse.  Hubo que buscar otras definiciones que dieran cuenta mejor de  lo que había sucedido utilizándose algunas, como la de pluralismo cultural, por analogía con el conjunto de interpretaciones bajo ese nombre reunidas en los Estados Unidos o, últimamente al más preciso y al mismo tiempo elusivo concepto de pluralismo social60, es posible que en tren de vaciar de sentido a cualquier intento de identificación o de dar por sentada esa equivalencia antes presumida, eludiendo de paso las resonancias idealistas del término.  Desde luego,  se da por descontado que tampoco se trata de sistemas cerrados, excluyentes, y que las personas tienden a definir su universo de pertenencia (¿o debiéramos decir pertenencias?) por una serie de motivos, que debieran ser todos consultados, máxime si consideramos que estamos hablando de una sociedad como la argentina que tuvo, durante un lapso de más de medio siglo, alrededor  de un tercio de su población compuesta por extranjeros,  y que gran parte de su crecimiento vegetativo se explica por el aporte de sus hijos, aunque por supuesto ésta no es una cuestión de proporciones..

           

En pocas palabras, gracias a los numerosos avances producidos en los últimos años, indudablemente ahora sabemos  más  sobre lo que en su momento fueron las grandes migraciones europeas, mas no  a partir de los presupuestos surgidos desde la tendencia habitual de analizar los procesos desde sus resultados.  Claro que toda esa nueva base de conocimientos, no deja de plantear a la vez nuevas perplejidades, como aquéllas que supone la reincorporación de toda esa profusión de nuevos saberes, que constituyen el fruto a veces de una especialización probablemente excesiva, en el marco de unas historias nacionales que no parecen particularmente preparadas para recibirlos; o como utilizar también todas esas «innovaciones tecnológicas», trabajosamente acuñadas a través de largos años, en el estudio de otros procesos de emigración contemporáneos, pero que requieren también de una cierta guía que los ayude a comprender mejor aquello que de alguna forma nos es y probablemente nos siga siendo ajeno,  y en  la conciencia de que esos desafíos se renuevan bajo la forma de nuevas corrientes, no importa sin tan numerosas, no pudiéndose ahora reincidir en la práctica de ignorarlas o suprimirlas de nuestra historia como el mejor y más simple modo de resolver un problema  que, como investigadores de los problemas sociales que somos, tenemos la obligación de plantearnos y no eludir asumiendo lo diverso que desde siempre está y estará ante nosotros.

           
Notas
  1. Una versión preliminar de este trabajo fue hace algunos años presentada como ponencia  en el marco del “II Congreso Internacional Historia a Debate” celebrado en Santiago de Compostela (Galicia, Espa­ña), los días 14, 15, 16, 17 y 18 de julio de 1999. Quisiéramos hacer expresa nuestra gratitud para aquellas personas como Rogelio Paredes, Carlos Barros, Fernando Devoto y Mariela Ceva que, antes o después de realizado ese evento, nos hicieran observaciones específicas sobre su contenido y alcance teóricos, estando desligados por su gentileza de los  errores  eventuales omisiones en que se pueda haber incurrido en  este artículo que por supuesto son responsabilidad enteramente nuestra 
  2.  
  3. Sobre el proceso de formación de esa conciencia generalizada, y falsa, que atraviesa todas las clases sociales, llegando hasta los centros mismos de producción intelectual cuyos miembros lo aceptan muchas veces acríticamente, como una especie de subconsciente alguna vez aprendido y que es difícil erradicar, y sobre el papel de las instituciones educativas en ese imaginario de un país, contra lo que la evidencia reciente sugiere, “destinado a la grandeza”  véase el libro recientemente editado, de Luis Alberto Romero (Comp), La Argentina en la Escuela,  Bs. As, Siglo XXI, 2004.
  4. Nos estamos refiriendo aquí a la «Nueva Escuela Histórica», dominante en el panorama historiográfico local desde sus orígenes a principios de siglo, y que, con  enclaves institucionales como la Academia Nacional de la Historia, contó con representantes tan   distintos como Ricardo Levene o Emilio Ravignani. Pero que, sin embargo, tenían en común aspiración a un cierto tipo de profesionalidad que se ejerce en concreta referencia al dominio de un conjunto de prácticas las que, extraídas del recetario de Bernheim, pero sobre todo de los manuales de Langlois y Segnobois,  y de las insinuaciones de un positivismo sin embargo no exento de ciertas resonancias idealistas, dieron  lugar a un tipo de historia político-institucional, erudita e historizante, pero que se reconocía heredera  a la vez de aquella otra fundacional que, ejercida por autores como Mitre, había hecho de la historia una herramienta para consolidar un concepto de nacionalidad por el que él mismo en rigor estaba estaba luchando. Al respecto de N. Pagano y M. A. Galante , “La Nueva Escuela Histórica: una aproximación institucional del centenario a la década del cuarenta” en F.  J. Devoto, La historiografía argentina del siglo XX, Vol.1, Bs. As, Centro Editor de América Latina, 1993, pp. 45- 79.   
  5. Para un balance previo de todo lo producido en materia de estudios migratorios en Argentina véase de D. Armus, “Diez años de historiografía sobre la inmigración masiva” en Estudios Migratorios Latinoamericanos, año 2, Nº 4, 1986, pp. 431-455; de M. Borges, “Inmigración y asimilación en Argentina. Un enfoque historiográfico”, en Anuario del IEHS Nº 3, Tandil, 1983, pp. 385-393; de H. Sábato, “El pluralismo cultural en Argentina: un balance crítico” en Comité Internacional de Ciencias Históricas, Comité argentino, Historiografía argentina (1958-1988), Bs. As, 1990, pp. 350-366 ; de E. Míguez, "Storia Dell'Immigrazione e Storia Nazionale. Argentina", en Altreitalie (Torino, Italia), 3, 1990, pp. 73 a 79 y de y de F. J. Devoto, “Del crisol al pluralismo: treinta años de historiografía sobre las migraciones europeas a la Argentina” en, del mismo autor,  Movimientos migratorios: historiografía y problemas, Bs. As, Centro Editor de América Latina, 1992, pp. 7-48  También de ese mismo autor, “En torno a la  historiografía reciente  sobre las migraciones españolas e italianas a Latinoamérica” en  Estudios Migratorios Latinoamericanos, año 8, nº 25, 1993, pp. 3461-469 y los dos primeros capítulos de su excelente libro “Historia de la inmigración en  la Argentina”, Bs. As, Sudamericana, 2003. Más recientemente  de F.J. Devoto y H. Otero, “ Veinte años después. Una lectura sobre el Crisol de Razas, el Pluralismo Cultural y la Historia Nacional en la historiografía argentina” en Estudios Migratorios Latinoamericanos, año 17, nº 50, 2003, pp. 181-227.  
  6.   Ese retraso, sin embargo, no es exclusivo de la argentina si no que el mismo fenómeno había sido advertido antes en los estudios sobre las migraciones europeas en general e incluso,en particular, en países de gran tradición migratoria como Italia  y España. Al respecto, F. Thistlehwaite, “Migration fron Europe Overseas in the Nineteenth and Twentieh Centuries” en R. Vecoli y S. Sinke (eds), A Century of Europeans Migrations, 1830-1930, Urbana & Chicago, University of  Illinois Press, 1991;  R. De Felice, “Alcuni temi per la storia dell’emigrazione italiana” en Affari Sociali Internazionali, anno 1, nº 3, 1973, pp. 3-10; N. Sánchez Albornoz, “Medio siglo de emigración masiva de España hacia América” en, del mismo autor (ed), Españoles hacia América, Madrid, Alianza, 1988, pp. 9-10.
  7. T. Halperín Donghi, “Un cuarto de siglo de historiografía argentina (1960-1985)” en Desarrollo Económico, vol . 25, enero-marzo de 1986, nº 100, pp. 487-508.
  8. I. Horowitz, "Modernización, antimodernización y es­truc­tura so­cial. Reconsiderando a Gino Germani en el con­texto actual" en R. Jorrat y R. Sautu (comp), Des­pués de Ger­mani. Explo­raciones sobre la es­tructura so­cial de la Argen­tina, Buenos Aires, 1992, pp. 41-57.
  9. E. J. Míguez, “El paradigma de la historiografía econó­mico social de la renovación de los años 60, vistos desde los años 90” en F. J. Devoto, La historiografía argenti­na en el siglo XX , vol. 2, Bs. As, 1994, pp. 10-29.
      Acerca de la obra de  G. Germani véase de R. Jorrat y R. Sautu (comp), Des­pués de Ger­mani. Explo­raciones sobre la es­tructura so­cial de la Argen­tina, Buenos Aires, 1992 y de Ana Germani, Gino Germani. Del antifacismo a la sociología, Madrid Taurus, 2004.
  10.   Es el mismo G. Germani el que toma distancia de J. L. Romero al considerar que su idea de que la  sociedad argentina es una masa “...de carácter híbrido, resultante de los elementos extranjeros y criollos que las constituyen y que conviven en ella sin que se resuelva predominio alguno”,  es “...una hipótesis plausible que, sin embargo, por el momento es imposible verificar”. Al respecto, sobre el concepto de “sociedad híbrida” de J. L. Romero, Argentina: imágenes y perspectivas, Bs As,  Raigal, 1956.
    F.J. Devoto, Historia de la inmigración..., op cit, 343.
  11. J. B. Alberdi, Bases y puntos de partida para la organización política de la República. Argentina, Bs. As, Centro Editor de América Latina, 1984.
  12. G. Germani, Política y sociedad en una época de transi­ción, Bs. As, Paidós, 1968 Véase también de ese mismo autor, Estructura social de la Argentina. Análisis estadístico, Bs. As,  Solar, 1987 (primera edición 1955).
  13. T.  Halperín Donghi, “Un cuarto..”., op cit; E. Míguez, “El paradigma de la historia económico-social...”, op. cit. Un diagnós­tico similar desde la óptica de las cien­cias médicas en M. Cereijido, La nuca de Houssay, Buenos Ai­res, Fondo de Cultura Económica 1990.
  14. G. Sartori, La Sociedad Multiétnica. Pluralismo, multiculturalismo y extranjeros, Madrid, Taurus, 2001.
  15. F. J. Devoto, Historia de la inmigración..., op cit, p. 319-320. Según F. Devoto el nombre “crisol de razas” remite a por los menos dos sentidos: uno anterior, decimonónico, que encontraba su raíz en los padres fundadores de la nacionalidad y más emparentado, precisamente por la amenaza que para ellos representó la masividad de los flujos como respuesta a ese desafío, con un concepto más tradicional de asimilación como absorción no conflictiva  de los recién llegados en el cuerpo social que los recibía, el otro, moderno, que acabamos de ver, relacionado con la idea germaniana del excedente demográfico, la movilidad social y los matrimonios cruzados.  Acerca de la teoría del “meting pot” de M. Gordon, Assimilation in American Llife, New York 1964. Para una mirada  crítica del modelo del  “melting pot” véase deP. Gleason, “The Melting Pot: Symbol of the Fusion or Confusion?” en American Quaterly XVI, 1964, pp. 20-45.
  16. Como se puede ver, por ejemplo, en el trabajo de A. Fe­rrer, La economía argentina: las etapas de su desa­rrollo y problemas actuales, Bs. As,  Fondo de Cultura Económica,1962. Otra obra paradigmática del momento, y que persigue objeti­vos similares, aunque utilizando un esquema de etapización más evidentemente rostowiano, puede ser, de G. Di Tella y M. Zy­melman, Las eta­pas del desa­rrollo econó­mico ar­gen­tino, Bs. As, Eudeba, 1967.
  17. Hipótesis similares pueden verse en trabajos ya clási­cos como el de O. Cornblit, “Inmigrantes y empresarios en la política argentina” en T. Di Tella y T. Halperín Donghi, Los fragmentos del poder, Bs. As,  Ed. Jorge Alvarez, 1969, y de T. S. Di Tella, “Ar­gentina: ¿Una Austra­lia italiana?” en B. Bezza (comp), L'impat­to dell'emi­gra­zione sul sistema político argen­tino, Milano, F. Angeli, 1983. También, del mismo autor, “El impacto inmigratorio sobre el siste­ma político ar­gentino” en Estu­dios Migratorios Lati­noamerica­nos, año 4, nº 12, 1989, pp. 211-230. Una vi­sión en contrario, crítica de estas posiciones, en H. Sábato y E. Cibot­ti, “In­mi­grantes y política: un proble­ma pen­dien­te” en Estu­dios Mi­gra­to­rios Latino­america­nos, año 2, Nº 4, 1986, pp. 475-482 . De las mismas auto­ras, “Hacer polí­tica en Buenos Ai­res: los ita­lianos en la escena públi­ca por­teña, 1860-1880”, en Boletín del Insti­tuto de His­toria Ar­gen­tina y Ame­ricana Dr. Emilio Ravig­nani, 3ª serie, Nº 2, 1990 , pp. 7-46 y de H. Sába­to y E. Palti, “¿Qu­ién vo­taba en Bue­nos Ai­r­es?. Práctica y teoría del sufra­gio, 1850-1880” en  De­sa­rrollo Eco­nómi­co, Vol 30, Nº 119, 1990, pp. 395-424.
  18. G. Germani, “La movilidad social en la Argentina” en S. Lipset y R. Bendix (comp), Movili­dad social en la sociedad in­dus­trial, Bs. As, Eudeba,  1963. Cfr. también, de ese mismo autor, Política y socie­dad ..., op cit. Sobre el rol de las clases medias en la concep­ción ger­ma­niana M. Murmis y S. Feldman, “ Posi­bilidades y fracasos de las cla­ses me­dias, según Germani”, en J. Jorrat y R. Sautu (comp), Des­pués de Germani..., op. cit,  pp. 212-228.
  19. F. Korn, Buenos Aires, los huéspedes del veinte, Bs. As,  Sudamericana, 1974. Dos obras paradigmáticas de la década del sesenta son T. Di Tella, G. Germani y J. Gra­ciarena J. (comp), Argen­tina, so­cie­dad de masas, Bs. As, Eudeba, 1965 y T. Di Tella y T. Halperín Donghi (comp), Los fragmentos del poder, op. cit. En parti­cular véase del primero G. Beyauth, R. Cor­tés Conde, H. Go­roste­gui y S. To­rrado, “Los inmi­grantes en el sis­tema ocupa­cional argentino”, y del segun­do, de M. Bejarano,  “Inmigra­ción y estructuras tradicionales”.
  20. Debemos tener en cuenta sin embargo que, parafraseando a C. Geertz,  el “sentido común” no es, como habitualmente se cree en su acepción habitual, algo así como el catálogo de realidades evidentes que se manifiestan a nuestros ojos y que son tan concluyentes en sí que no necesitan de mayores evidencias para ser probadas  si no que, en realidad, para captar lo que es su esencia debiera ser seguramente visualizado  como interpretaciones intencionadas históricamente construidas, y que por lo tanto se ajustan a sistemas de ideas preconcebidos dentro de una determinada cosmovisión, en cuyas presunciones se reconoce y adquiere su verdadero significado, y no espontánea y libremente como se asume comúnmente. Al respecto, cfr de Clifford Geertz, “El sentido común como sistema cultural” en Conocimiento Local. Ensayos sobre la inter­pretación de las cul­turas, Barce­lo­na, 1994., p. 104. Es en ese sentido que creemos precisamente, porque de otra manera sería desde un punto de vista científico francamente inexplicable, que deberían entenderse las apelaciones realizadas al “sentido común” como una valedera forma de legitimación de una de las teorías mencionadas en disputa en alguno de los balances previos realizados en materia de estudios migratorios, pero que no podrían considerarse serios si no es de esta manera.
  21. C. Ginzburg, “Indicios. Raíces de un paradigma de inferencias indiciales”, en del mismo autor Mitos, emblemas, indicios. Morfología e Historia, Barcelona, Gedisa, 1994, p. 149.  Véase también en ese libro “Lo alto y lo bajo. El tema del conocimiento vedado en los siglos XVI y XVII”,  pp. 94-116.
  22. Una crítica de concepciones como ésta en M. Grano­vetter, Getting a Job, Cambridge,  Harvard University Press, 1974.
  23. Para una somera enumeración de sólo algunas de las tendencias enunciadas véase, en Italia, de E. Sori, "Las causas económicas de la emigración ita­lia­na entre el ochocientos y el novecientos" en F. Devoto y G. Roso­li (comp), La inmigración italiana a la Argentina , Bs. As., 1985 También de ese autor, L`emigrazione italiane dalla unità all seconda guerra mondiale,  Bologna, Il Mulino, 1979. Para un más pormenorizado balance de F. J. Devoto, Le migrazione italiane in Argentina. Un saggio interpretativo, Nápoli, Instituto Italiano per Gli Studi Filosofici,1994. Para España de R. Cortés Conde, “Migración, cambio agrícola y políticas de protección. El caso argentino” en N. Sánchez Albornoz (comp), Españoles hacia América. La emigración en masa, 1880-1930, Madrid, Alianza, 1988;  B. Sánchez Alonso, Las causas de la emigración Española en Argentina. 1880-1930, Madrid, Alianza, 1995.  Para Argentina, también de R.  Cortés Conde, El progreso argentino, 1880-1914,  Bs. As, Sudamericana, 1979. 
  24.   Al  respecto véase, de C.  Geertz, “Desde el punto de vista del nativo: sobre la naturaleza del conocimiento antropológico” en, del mismo autor, Conocimiento local. ensayo sobre la interpretación de las culturas, Barcelona,  Gedisa, 1994,  pp. 75-90.
  25.   Entre ellas un papel fundamental les cupo a las historias sobre el movimiento obrero, la evolución demográfica argentina o la modernización  económica del país que sería muy largo listar. Dos obras de profunda influencia a fines de la década del setenta e inicios de la del ochenta fueron de R.  Cortés Conde, El progreso...  op. cit  y de E. Gallo, La pampa gringa, Bs. As,  Sudamericana, 1983.
  26. ; R. Newton, German Buenos Aires (1900-1933), Austin & London,  University of  Texas Press, 1977;   J.  C.  Korol- H. Sabato, Cómo fue la inmigración irlandesa a la Argentina, Bs. As,  Plus Ultra, 1981; H. Avni, Argentina y la historia dela inmigración judia, Bs. As,  AMIA, 1983; M. C. G. Nascimbene, Historia de los italianos en la Argentina, 1835-1920,  Bs. As, CEMLA, 1986. 
  27. Sobre la primera de las cuestiones enunciadas véase de S. Pollard, Peaceful Conquest. The industrialization of Europe, 1760-1970, Oxford, Oxford University Press, 1981. Por la demás, sobre la segunda cuestión  resultan interesantes las reflexiones de Dudley Baines seguramente hace algunos años impensables, quien nos habla de las condiciones de emigración desde una economía madura. D. Baines, Emigration from Europe, London, MacMillan, 1991. De ese mismo autor, Migration in a Mature Economy, 1861-1900, Cambridge, Cambridge University Press, 1986.
  28. Un interesante ejemplo de esa inversión de perspectivas, desde arriba hacia abajo lo ofrece el modelo diseñado por Samuel L. Baily  quien, tomando como punto de partida la aldea de origen de los emigrantes, propone reconstruir todos los itinerarios y puntos de contactos habidos entre el controlable conjunto de destinos adonde los aldeanos de ese origen habían siempre partido. S. L. Baily, “The village outward approach to the study of social networks: a case the study of the agnonesi diaspora abroad, 1885, 1989” en Studi Emigrazione, anno XXIX, Nº 105, 1992, pp. 43-67. Cfr. también de F. Sturino, “La mondializzazione del paesanismo tra Rende e il Nuovo Mondo” en C. Pitto (ed),  La Calabria dei paesi. Per una antropologia della memoria del pppolo migrante, Pisa, 1990, pp. 41-54.
  29. F. J. Devoto, “Appunti per una comparazione tra le emigrazione spagnole e italiane in Argentina” en G. Rosoli (a cura di),  Identità degli italiane in Argentina. Reti sociali, famiglie e lavoro, Roma, 1993, pp. 39-64.
  30. Giovanni Levi,  “Sobre microhistoria”  en Peter Burke (ed), Formas de hacer historia, Madrid, Alianza, 1994, pp. 119.141 (también hay una edición como texto independiente, Ed. Biblos, 1997).
  31. E. Grendi, “Microa­nalisi e storia­ so­ciale” en Qua­derni Stori­ci, Nuova Serie, 35, 1977, pp. 506-520. De ese mismo autor “¿Re­pen­sar la mi­crohis­to­ria?”, de Carlo Ginzburg, “Mi­crohisto­ria: dos o tres cosas que sé de ella” además de Jaques Revel, “Mi­croa­náli­sis y cons­truc­ción de lo so­cial”, todos en Entrepasa­dos, vol. 2, Nº 9, 1995, pp. 51-73,  131-140,  141-160. Sobre los logros y posibilidades de este tipo de investigaciones cfr. también  algunas de las obras más logradas de la Escuela Microhistórica Italiana, por ejemplo, de G. Levi, L'ere­dità imma­te­ria­le. Carrie­re di un esor­cista nel Piamonte del Sei­cento, Tori­no, Einaudi,  1985; C.  Ginzburg, Il formaggio e i vermi, Torino, Einaudi, 1976 (hay ver­sión caste­llana El queso y los gusa­nos, Barcelo­na, Muchnik Editores, 1987); Maurizio Gri­bau­di, Mondo operaio e mito operaio. Spazi e percorsi sociali a Tori­no nel primo Novecen­to, Torino,  Einaudi, 1987. F. Rame­lla, Terra e telai: sistemi de parentela e maniattura nel Biellese dell'Ot­tocento, Torino,  Einaudi,  1984 y Gabriela Gribaudi, A Eboli. Il mondo meridiona­le in cent'anni di tras­forma­zioni, Vene­zia Marsilio Editori, 1990.
  32. M. C. Cacopardo y J. L. Moreno, “La emigración italiana a la Argentina. Las regiones de origen y el fenómeno del retorno” en Cuadernos de Historia Regional, vol. 1, Nº 1, 1984, pp. 15-27.
  33. Giovanni Levi,  La herencia inmaterial. La historia de un exorcista piamontés del siglo XVII, Madrid, Nerea, 1990.
    Edgar Morin,, Introducción al pensamiento complejo, Barcelona, Gedisa, 1997.
  34. Deberíamos recordar, llegados a este punto, la afirmación de Karl Polanyi según la cual la  absoluta reducción de cualquier estad­o humano a la disciplina del mercado es, en gran medida, ficti­cia o, casi siempre, incompleta (K. Polan­yi, La gran transfor­mación, Madrid, Alianza, 1989). De lo que podemos deducir, finalmente, que ante una crisis existen multiplicidad de respuestas posibles que, no por conocidas, debieran dejar de considerarse, como por ejemplo la reconver­sión laboral, las migraciones temporales, internas, o las de cualquier otro tipo, pero casi siempre centradas en el retorno, o más simple­mente aún, la opción, nada inusual según parece, de vivir por debajo del nivel de la subsisten­cia apelando a mecanismos relacionales entre estrategias posibles de supervivencia.
  35.   C. Geertz, Los usos de la diversidad, Barcelona, Paidós, 1996.
  36. M. Szuchman, “The limits of the melting pot in urban Ar­gen­tina: Marriage and integration in Córdoba, 1869-1909” en His­panic American Histo­rical Review, vol 57, Nº 1, 1977, pp. 24-50;  S. L. Baily, “Marriage patterns and inmi­grant assimila­tion in Buenos Aires, 1882-1923" en Hispanic American Histo­ri­cal Re­view, vol 60, Nº 1, 1980, pp. 32-48; R. F. de Seefeld, “La integración social de extran­jeros en Buenos Aires según sus pautas matrimoniales: ¿plura­lismo cul­tural o crisol de razas?” en  Estudios Migrato­rios Latino­ame­ricanos, año 1, Nº 2, 1986, pp. 203-231; N. Pagano y M. Opor­to, “La conducta endogá­mica de los gru­pos inmigran­tes: pautas ma­trimo­niales de los italia­nos en el barrio del la Boca en 1895” en Estudios Migra­torios Latino­america­nos, año 2, Nº 4, 1986, pp. 483-495;  H. Otero, “Una visión crítica de la endogamia: refle­xio­nes a partir de una recons­trucción de fami­lias france­sas (Tan­dil, 1850-1914)” en Estu­dios Migrato­rios Latinoamerica­no, año 5, Nº 15/16, 1990, pp. 343-378; E. Míguez, M. E. Argeri, M. Bjerg y H. Ote­ro, “Has­ta que la Argen­tina nos una: reconsi­derando las pautas matri­mo­niales de los inmigran­tes, el crisol de razas y el pluralis­mo cultu­ral” en Hispanic American Histo­ri­cal Re­view, Nº 41, 1991, pp. 7-32; S. Maluendres, “Los migrantes y sus hijos ante el ma­tri­monio: un estudio compara­tivo ente alemanes de Rusia, espa­ño­les e ita­lianos en Gua­tra­che (La Pampa, 1910-1939)” en Estu­dios Migra­torios Latino­ame­ricanos, año 6, Nº 18, 1991, pp. 191-222. En ese mismo volu­men, C. Sil­berstein, “Inmigración y selec­ción ma­trimonial: el caso de los italianos en Rosario (1870-1910)” en Estu­dios Migratorios Latinoamerica­nos, año 6, Nº 18, 1991, pp. 161-190. D. N. Mar­quie­gui, “Revi­sando el deba­te en torno a la con­duc­ta ma­tri­mo­nial de los extran­jeros. Un estudio a partir del caso de espa­ñoles y franceses en Lu­ján, 1880-1920” en Es­tudios Migra­torios Latino­ame­ricanos, año 7, Nº 20, abril de 1992, pp. 3-36.
  37. S. L. Baily, Samuel,  “Patrones de residencia de los ita­lianos en Buenos Aires y Nueva York, 180-1914” en Estudios Migratorios Latino­america­nos, año 1, Nº 1, 1985, pp. 8-47;  M. Borges, “Características residenciales de los inmi­grantes portugueses en Buenos Aires en la segunda mitad del siglo XIX” en Estudios Migratorios Latinoamericanos, año 6, Nº 18, 1991, pp. 353-382; D. N. Mar­quiegui, El ba­rrio de los italianos. Los ítalo-alba­neses de Luján y los orígenes de Santa Elena, Luján, Ed. Librería de Mayo, 1996.
  38. M. L. Da Orden, “Una fiesta popular y la consolidación de una dirigencia étnica: las romerías españolas de Mar del Plata, 1897-1930” en Estudios Migratorios Latinoamericanos, año 6, Nº 19, 1991, pp. 379-403.
  39. W. So­llors (ed), The in­vention of Ethi­city, New York, Oxford University Press,  1988; K. N. Conzen, D. Ger­ber, E. Mo­rawska, G. Poz­zet­ta y R. Vecoli, “The Inven­tion on Ethni­city: Una Lettura Ame­rica­na” en Altrei­ta­lie, año II, Nº 3, 1988, pp. 4-36; F. J. Devo­to, “¿In­ventan­do a los italianos?. Imágenes de los prime­ros inmi­gran­tes en Buenos Aires (1810-1880)”, en A­nuario del IEHS, VII, Tan­dil, 1992, pp. 121-136. El concepto de «invención de la etnicidad» deriva de la noción de «invención», aplicada por Hobsbawn al caso de la tradición, pero que ya había sido sistemáticamente utilizada en otros campos como el de la cultura, el de lo cotidiano o, como sea, pero que permite recuperar la naturaleza simbólica de los procesos sociales. Al respecto, E. Hobsbanwn y T. Ranger (ed),  The invention of  tradition, Cambridge, Cambridge University Press, 1988;  R. Wagner, The invention of culture, Chicago, Chicago University Press, 1980,  M. de Certeau, L’invention du quotidien, París, 1980. Sobre el caso de las nacionalidades véase también de,  E. Hobsbawn, Nations and nationalism since 1780, Cambridge,  Cambridge University Press, 1990 y  E. Le Bras y E. Tood, L’invention de la France, París, 1981.
  40. Tal el caso , estudiado por Mormino y Pozzetta, de las colectividades europeo-meridionales e hispanomericanas de Tampa quienes, ante las presiones de la sociedad receptora y las que ellos mismos se generan,  creen dados los fundamentos para la creación de una sociabilidad y una cultura genéricamente «latinas». Al respecto véase de  G. Mormino y G. Pozzetta, The inmigrant world of  Ybor City. Italian and their Latin neighborood  in Tampa,  Urbana & Chicago, University of  Illinois Press, 1987.
  41. S.  L. Baily, “Las sociedades de ayuda mutua y el desa­rrollo de una comunidad italiana en Buenos Aires” en Desa­rro­llo Eco­nómico, vol. 21, Nº 84, 1982, pp. 485-514; F. J. Devoto,  “Las so­ciedades de ayuda mutua en Buenos Aires y Santa Fe. Ideas y problemas” en F. J. Devoto y G. Roso­li (comp), La inmigra­ción ita­liana a la Argen­ti­na, Buenos Ai­res, 1985, pp.  141-164; A. Fernán­dez, “El mutua­lismo español en Buenos Aires en un estu­dio de caso” en Cuadernos de Histo­ria Regional, Vol. III, Nº 8, 1986, pp. 36-71; L. Pris­lei, “Inmi­gración y mutua­lismo. La so­ciedad ita­liana de soco­rros mutuos de Belgrano” en Estu­dios Migrato­rios La­tino­ameri­canos, año 2, Nº 5, 1987, pp. 29-55; E. Cibotti, “Mu­tua­lismo y política, un estudio de caso. La Socie­dad Unione e Benevo­lenza en Buenos Aires entre 1858 y 1865” en F. J. Devo­to y G. Rosoli (comp), L'I­talia nella socie­tá ar­gentina, Roma, 1988, pp. 241-265; A. Fer­nández, “El mutua­lismo español en un barrio de Buenos Aires. San José de Flores (1890-1900) “en Estudios Mi­gratorios Lati­noamericanos, año 4, Nº 13,  1989, 609-642; F. J Devo­to, “La experien­cia mutua­lis­ta ita­lia­na en la Ar­gen­ti­na: un balan­ce” en F. Devoto y E. Míguez (comp) Aso­cia­cionis­mo, tra­ba­jo e iden­tidad étni­ca. Los ita­lianos en América Lati­na en una pers­pec­tiva compa­rada, Bs. As, CEMLA-CSER-IEHS, 1990, pp. 169-188. En ese mismo volumen de R. Gan­dolfo, “Las socie­da­des ita­lia­nas de soco­rros mutuos en Bue­nos Aires: cues­tiones de clase y etnia den­tro de una comu­nidad de inmi­grantes (1880-1920)”, pp. 311-332; F. J. Devoto y A. Fernández, “Mutua­lismo étni­co, lide­raz­go y par­ti­ci­pación polí­tica. Algu­nas hipótesis de tra­bajo” en D. Armus (comp.), Mundo urbano y cul­tura popu­lar, Bs. As, 1990; M. Bjerg, “Iden­ti­dad étnica y soli­dari­dad en un grupo migra­torio minori­ta­rio: un análisis de la Sociedad Dane­sa de Soco­rros Mutuos” en Estu­dios Migratorios Latino­america­nos, año 4, Nº 12, 1989, pp. 383-403  y D. N. Marquiegui,  “Asociacionismo, liderazgo étnico e identidad. Un enfoque comparado (Luján, 1876-1920)” en Studi Emigrazione, anno XXXI,  Nº 115, 1994, pp. 427-460.
  42. J. Hig­ham, Ethnic leaders­hip in Ame­rica, Balti­more & London,  Johns Hopkins University Press, 1978; R. Harney y V. Scarpaci (ed), Little Ita­lies in North Ame­ri­ca, Toron­to, 1981; R. Har­ney, Dalla fron­tiera alle little Italies, gli italiani in Canada, Roma, Bonacci, 1984; F. J. Devoto, “Programas y políticas en la élite ita­liana en Buenos Aires, 1852-1880” en Anuario de la Escuela de Historia de la Facultad  de Humani­dades y Artes de la Uni­ver­sidad Na­cional de Rosario, Rosario, 2ª época, 1988, pp. 58-71; A. Fer­nández,  “Patria y cultura. Aspectos de la ac­ción de la élite española de Buenos Aires” en Estudios Mi­gra­torios Lati­noame­ricanos, año 2, Nº 6\7,  1987., pp. 291-307; M. Bjerg, “Como faros en la tor­men­ta... Los líde­res étnicos de la comu­nidad danesa” en  Estu­dios Migra­to­rios Lati­noamerica­nos, año 7, Nº 21, 1992, pp.  291-308; D. N. Mar­quie­gui,  Liderazgo étnico, redes de relación y formación de una identidad inmigrante en el destino. Un balance a partir de los casos de los españoles, franceses e italianos de Luján  en «Cuadernos de Trabajo», Nº 13, Luján, 1999.
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  44. P. Laslett, J. Robin y R. Wall, Family forms in histo­rics Euro­pe, Cambridge, Cambridge University Press, 1983. Sobre ese modelo, de los convi­vientes bajo un mismo techo, se despliegan los trabajos poste­riores, desarrollados en Italia y Argenti­na, de M. Barba­gli, Sotto lo stesso tetto. Famiglia e mutamen­to sociale in Italia dal seco­lo XVI ad oggi, Bologna, Il Mulino, 1988 y de J. L. Moreno y M. C. Caco­pardo, La familia ita­lia­na y meridio­nal en la emigra­ción a la Argenti­na, Nápoli, Edizioni Scientifiche Italiane, 1994.
  45. M. Szuchman, Mobility and inte­gration in urban Argen­ti­na. Córdo­ba in the Libe­ral Era, Austin & London, Texas University Press, 1980; E. Sofer, From Pale to Pampa. Eastern Jewish Mobility in Buenos Ai­res, 1890-1945, San Francisco,  UCLA, 1976; M. Gribaudi y A. Blum, “Des caté­gories aux liens indi­vi­duels: L'a­nalyse statis­ti­que de l'es­pace social” en Anna­les ESC, 1990, Nº 6, pp. 1365-1402; C. Grif­fen, “Occu­patio­nal mobility in nine­teenth-cen­tury Ameri­ca: pro­blems and possibilities” en Journal of Social history, Nº 5, 1972, pp. 310-363. B. Argiroffo Beatríz y C. Et­charry, “Inmi­gra­ción, redes so­cia­les y movili­dad ocupacio­nal: italia­nos de Gines­tra y Ripali­mosani en Rosario (1947-1958)” en Estu­dios Migra­torios Lati­noame­rica­nos, año 7, Nº 21, 1992, pp. 345-379. En el mismo volumen de M. L. Da Orden, “Inmi­gra­ción, movilidad ocupacionaly ex­pan­sión urba­na: el caso de los espa­ñoles de Mar del Plata”, 1914-1930, pp. 309-343  y  D. N. Mar­quiegui, “Migra­ción en cade­nas, redes so­ciales y movi­lidad. Reflexiones a partir de los casos de los sorianos y albaneses de Luján, Buenos Aires, Argentina, 1889-1920" en EIAL. Estu­dios Interdiscipli­narios de América Lati­n­a y el Cari­be, vol. 5, Nº 1, Tel Aviv, 1994, pp. 115-136.
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  47. G. Dore, La democracia italiana e l'emigrazio­ne in Ame­rica, Brescia,  Morcelliana, 1984; T. S. Di Tella, “Argentina: ¿Una Aus­tralia italiana?”  op. cit; H. Sábato Hilda y E. Cibotti, “In­mi­grantes y política: un pro­ble­ma pen­dien­te”, op. cit; N. Alva­rez y G. Malgesini, “Los grin­gos al poder. Los inmi­garntes y un proyecto de poder municipal autó­nomo en el pueblo de San Juan Bautista, 1873-1891” en His­toria Regional Bonae­rense, I, II, III Jorna­das, Tandil, U.N.C.P.B.A-Junta de Estudios Históricos de Tandil, 1987; E. Míguez, “Políti­ca, participa­ción y poder. Los inmi­grantes en las tierras nuevas de la provincia de Buenos Aires en la se­gunda mitad del siglo XIX” en Estudios Migratorios Latino­ame­ricanos, año 2, Nº 6\7, 1987, pp. 337-379. En ese mismo volumen, de C. Silbers­tein, “Administración y política. Los italia­nos en Rosario, 1870-1890” en Estudios Migratorios Latinoame­ricanos, pp. 361-390; H. Sábato Hilda y E. Cibotti, “Hacer polí­tica en Buenos Ai­res...”, op. cit.; H. Sábato y E. Palti,  op. cit,  T. S. Di Tella, “El impacto inmi­gra­torio sobre el siste­ma políti­co ar­gentino” , op. cit,  R. Pare­des, “Los ita­lianos en Campana (1875-1930). Poder polí­tico y poder econó­mi­co en un grupo migra­torio: un estudio de caso” en Estu­dios Migra­to­rios Lati­no­america­nos, año 9, Nº 27, 1994, pp. 347-360.
  48. M. I. Barbero y S. Felder,“Industriales italianos y asociaciones empresariales en la Argentina. El caso de la Unión Industrial Argentina, 1887-1930” en Estudios Migratorios Latinoamericanos, año 2, Nº 6/7, 1987.
  49. De las mismas autoras, “El rol de los ita­lianos en el nacimiento y desarrollo de las asociaciones empresarias en la Argentina” en Devoto, Fernando J. y Rosoli, Gian­fausto (comp), L'Italia nella so­cietà argentina, Roma, 1988 y de M. I. Barbero, “Grupos empresarios, intercambio comercial e inversiones italianas a la Argentina. El caso de Pirelli, 1910-1920” en Estudios Migratorios Latinoamericanos, año 5, Nº 15/16, 1990.
  50. M. I. Barbero y M. Ceva,  “La vida obrera en una empresa paternalista” en F. J. Devoto y M. Madero (comp.), Historia de la vida privada en Argentina, Bs. Aires, Taurus, 1999, tomo 3, pp. 141-168.
  51. C. Silberstein, “De la red al mercado: procesos de especialización profesional y relaciones interpersonales (Rosario, 1890-1914)”  en H. Otero y M. Bjerg (comp.), Inmigración y redes sociales en la Argentina moderna.,  Tandil, CEMLA-IEHS, 1995, PP. 67-80; A. Fernández, Inmigración y redes comerciales. Un estudio de caso sobre los catalanes a principios de siglo en «Estudios Migratorios Latinoamericanos», año 11, Nº 32, 1996, pp. 25-60. Del mismo autor,”Las redes comerciales catalanas a Buenos Aires a principios de siglo. Una aproximación” en A. Fernández y J. C. Moya (ed.),  La inmigración española en la Argentina, Bs. As, Ed. Biblos, 1999
  52. E. Boot, Family and social network: Roles, Norms and External Rela­tions in Urban Families, London, Tavistock, 1971; J. Bar­nes, Social Network, Cambridge, Cambridge University Press, 1972; C. Mit­chell (ed.), Social networks in urban situa­tions, Manches­ter, Manchester University Press, 1969 y J. Boisse­vain, Friend of friends: networks, mani­pula­tors y coali­tions, Oxford, Basil Blackwell, 1973.
  53.  La noción de cadenas migratorias tuvo entre sus primeros cultores a los miembros de la Escuela Demográfica de Camberra, en particular, J. MacDonald y L, MacDonald, Chain migra­tion ethnic neighborhood Formation and social net­works en «Milkbank Memorial Fund Quartely», (XLII), 1, enero 1964, pp 82-96 y Ch. Price. Southerns Europeans in Australia, Melbourne, Sidney, 1964.
  54. Al respecto es interesante el debate desatado por la publicación del libro de Robert Darnton, La gran matanza de gatos y otros episodios de la historia cultural francesa, México, Fondo de Cultura Económica, 1987, en que adopta para sí el paradigma de la «descripción densa» geertziana. En particu­lar, sobre este tema en particular véase la recopilación de E. Hourcade, C. Godoy y H. Botalla, Luz y contra­luz de una histo­ria antropoló­gica, Bs. As, De. Biblos, 1995. Cabe acotar también que incitaciones similares han tendido lugar en el campo de los estudios migratorios, en función a generar mecanismos de refuerzo que permitan un uso más pertinente del concepto de red (al respecto, véase el contrapunto de ideas entre F. Ramella, Por un uso fuerte del concepto de red en los estudios migratorios y E. Míguez, Microhistoria, redes sociales e histo­ria de las migraciones: ideas sugestivas y fuentes parcas ambos en M. Bjerg y H. Otero (comp.), Inmigración y redes sociales en la Argentina moderna, op. cit, pp. 9-22 y 23-34. Sin embargo, sería injusto remitir solamente a Geertz la posibilidad del en­tronque entre antropología e historia sin recordar otros antece­dentes como es el caso de E. Wolf, Europa y la gente sin historia, México, Fondo de Cultura Económica, 1993.
  55. Entre los trabajos clásicos encarados desde este punto de vista véase de, una lista muy grande de referencias posibles, J. Barton, Paesants and Strangers. Italians, Ruma­nians and Slovacks in an American City, Cambridge, Harvard University Press, 1975; J. Briggs, An Italian Passa­ge. Immigrant to three Ameri­can City, New Haven, Yale University Press, 1978; D. Cinel, From Italy to San Fran­cisco. The Immi­grant Expe­rience, Standford, Standford University Press, 1982; F. Stu­rino, Forging the Chain: Italian Mi­gration to North Ameri­ca, 1880-1930, To­ron­to, Multicultural Society of Ontario, 1990; R. Harney, Dalla frontiera alle little Italies, gli italiani in Canada,op. cit. Para el caso argentino, Las cadenas migrato­rias italianas: algunas reflexiones a la luz del caso argentino en «Movimientos migratorios...», op. cit, pp. 95-117.  De ese mismo autor, “Algo más sobre las cadenas migratorias de los italianos a la Argentina” en Estudios Migratorios Latinoamericanos, año 6,  Nº 19, 1991, pp. 323-343. Para algunos ejemplos, de una lista muy larga, S. L. Baily ”La cadena migratoria de los italianos a la Argentina”  en F. Devoto y G. Rosoli (comp), La inmigración..., op. cit, pp. 45-61;  F. Weimberg y A. Eberle, “Los abruzeses en Bahía Blanca: estudios de cadenas migratorias”, M. Curia de Villecco y A. Villecco, “Los acerneses en Tucumán: un caso de cadenas migratorias”, R. Gandolfo “Notas sobre la élite de una comunidad emigrada en cadena: el caso de los agnoneses” y D. N. Marquiegui, “Aproximación al estudio de la inmigración ítalo-albanesa en Luján”, todos en el número especial dedicado al tema por Estudios Migratorios Latinoamericanos (año 3, Nº 8, 1988). Del último autor,  también, “Las cadenas migratorias españolas a la Argentina: el caso de los sorianos de Luján” en Studi Emigraione, anno XXIX, Nº 105, 1992, pp. 69-102;  “Reti sociali, solidarietà etnica e identità. L’impatto delle catene italo-albanesi a Luján” en G. Rosoli (comp), Identità degli italiani in Argentina..., op. cit, pp. 205-240 y “Gli italo-albanesi di Luján-Argentina: vecchie abitudini in una nuova casa” en A. Denisi y G. Rosoli (a cura di),  La mobilità internazionale e le nuove sfide alla società italiana, Catanzaro, Rubettino Editori, 1996, pp. 160-178
  56. Sería largo hacer un balance, aunque más no sea par­cial, de todos los avances producidos en Argentina en esos campos. Para ello remiti­mos a F. Devoto, Del crisol de razas al pluralismo..., en «Movi­mientos migrato­rios...», op. cit, pp. 7-48.
  57. Tal el interesante  contrapunto planteado en la discusión implícitamente sostenida en el marco de un muy conocida compilación entre Franco Ramella y Eduardo Míguez, y en donde el primero invita a los investigadores a abandonar lo que él llama el uso disminuido e impropio del concepto de redes sociales, es decir la reconstrucción estructural de las redes de parentesco y amistad con intercambios supuestos pero no probados detrás de las relaciones vueltas a la vida por la utilización “débil” de fuentes uninominales, pero que debe ser remplazando por esa clase de “descripciones densas de las que sólo nos puede proveer el uso intensivo de todas  los materiales a mano y que otorgan contenido a esas formas de solidaridad, ante mas bien supuestas o sospechadas por el sólo  hecho que esos lazos existieran; a lo que Míguez replica reafirmando  la conveniencia de utilizar una forma de acercamiento dura en teoría pero blanda en el método, como una forma ecléctica de resolución del dilema que a esos fines plantea la parquedad de las fuentes históricas que a diferencia de las utilizadas en otras disciplinas son escasas, fragmentarias y nunca dicen demasiado. Al respecto véase de Franco Ramella, "Por un uso fuerte del concepto de red en los estu­dios migrato­rios" y de Eduardo Míguez, “Microhistoria, redes sociales e historia de las migraciones: ideas sugestivas y fuentes parcas”  ambos  en María Bjerg y Hernán Otero (comp), Inmi­gra­ción y redes sociales en Argentina moderna, Tandil, IEHS.CEMLA 1994,  principalmente  pp. 10-11 y  27.
  58. L. Stone, The Revival of Na­rrative Reflections on a New Old History en «Past and Pre­sent», Nº 85, 1979, pp. 3-24. En cuanto a la posibilidad de adop­ción de una estrategia de interpre­tación «hermenéutica» en historia, podría decirse, ha sido, más postulada antes que efectivamen­te aplicada. Cfr. de Luigi V. Favero, Mecha­nism of Adapta­tion and Inte­gra­tion of Ita­lians Inmi­grant in Argen­tina: From Social Spaces to Inter­pre­tative Paradigms of Ethnic Iden­tity en L. Tomassi, P. Gas­taldo y T. Row (ed), «The Colum­bus People», New York, 1994, pp. 113-124.
  59. R. Chartier, El mundo como representación. Historia cultu­ral: entre práctica y representación, Barcelona,  Gedisa, 1996, p. 32.
  60. F. Devoto y H. Otero, Veinte años después..., op. cit, p. 199.
  61. F. Devoto, Historia de la inmigración..., op. cit.

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